Un reciente análisis integral sobre la situación de derechos humanos en México revela que el país atraviesa una crisis humanitaria de proporciones alarmantes, con un registro oficial que supera las 128,000 personas desaparecidas y no localizadas, el informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos destaca que esta problemática, lejos de ser aislada, es generalizada y afecta a diversas regiones del territorio nacional, con una preocupante concentración en estados como Jalisco, Tamaulipas y el Estado de México.
La magnitud de la tragedia se extiende al ámbito forense, donde estimaciones independientes sugieren que existen más de 70,000 cuerpos sin identificar bajo custodia del Estado, esta acumulación de restos humanos refleja dificultades estructurales críticas para llevar a cabo procesos eficaces de búsqueda e identificación.

El fenómeno de la desaparición en México no tiene un rostro único ya que el documento identifica que las víctimas pertenecen a grupos sociales diversos y vulnerables:
Hombres jóvenes y adolescentes suelen ser víctimas de reclutamiento forzado por parte del crimen organizado.
Mujeres y niñas son frecuentemente desaparecidas en contextos de violencia de género y trata con fines de explotación sexual.
Personas migrantes sufren este flagelo durante su tránsito por el país, vinculadas a redes de explotación laboral.
Periodistas y defensores de derechos humanos —especialmente aquellos que buscan a sus propios familiares— enfrentan riesgos extremos por su labor informativa y de activismo.

Se resalta que, aunque gran parte de estas desapariciones son cometidas por grupos criminales, persiste una preocupante connivencia o aquiescencia de agentes estatales en diversos territorios, e incluso uno de los hallazgos más críticos es la «impunidad estructural» que impera en el sistema judicial.
El informe señala que existe un déficit de confianza profundo entre las familias de las víctimas y las fiscalías, esta desconfianza nace de la falta de resultados, la sobrecarga procesal y, en muchos casos, de la transferencia de la responsabilidad de investigar a las propias familias, quienes se ven obligadas a realizar labores de búsqueda por su cuenta ante la inacción de las autoridades.

A pesar de que México ha fortalecido su marco legal con la Ley General en materia de Desaparición, la judicialización de los casos sigue siendo mínima, el documento urge al Estado a implementar medidas extraordinarias para reorganizar las investigaciones y garantizar que el sistema de justicia brinde respuestas efectivas.
En el aspecto positivo, se reconoce la reactivación del Sistema Nacional de Búsqueda y la creación de instituciones especializadas como el Mecanismo Extraordinario de Identificación Forense, no obstante, su efectividad ha sido descrita como limitada hasta el momento.
Entre las recomendaciones principales para superar esta crisis se encuentran:
Fortalecer la prevención mediante una estrategia de seguridad ciudadana que aborde las causas de la violencia.
Desmantelar las redes de complicidad entre autoridades y el crimen organizado.
Garantizar el acceso a la verdad y la memoria, especialmente respecto a las desapariciones de larga data ocurridas durante la llamada «guerra sucia».
Asegurar la protección de las familias buscadoras ante los riesgos y agresiones que enfrentan en su lucha por la justicia.
El informe concluye que, si bien existen esfuerzos institucionales, la respuesta estatal sigue siendo insuficiente frente a la dimensión del problema, por lo que es imperativo que las víctimas y sus familias recuperen el lugar central en todas las políticas públicas de búsqueda y justicia.